VIAJE AL CONOCIMIENTO DE SI MISMO – 3

 

Partiendo de un texto de la Escritura, de una enseñanza de Jesús, os he invitado a hacer un trabajo de análisis introspectivo para individuar vuestros pensamientos recurrentes, las preocupaciones, los deseos que normalmente ocupan vuestra mente.
 
Espero que este consejo lo pongáis en práctica y que hayáis podido familiarizaros un poco con vuestro mundo interior.
 
Este trabajo es y ha sido la actividad principal de todos los que han entendido la importancia del conocimiento de la verdad y en ella se han empeñado. El conocimiento de sí mismo es entonces la condición absolutamente necesaria para entender la verdad del hombre..
 
No hay otro camino posible.
 
Acogiendo la invitación de Jesús, los primeros monjes cristianos han puesto en práctica su consejo y, en base a la experiencia personal transmitida de maestro a discípulo, las guías espirituales han comprendido que todos los pensamientos negativos podían ser reconducidos a ocho pensamientos malvados: gula y ebriedad, lujuria, avaricia, tristeza, ira, pereza, vanagloria, soberbia.
 
Pues en la tradición de la Iglesia esta lista se utiliza como base para definir la existencia y naturaleza de los siete vicios capitales: gula, lujuria, ira, pereza, avaricia, envidia, soberbia.
 
Podemos describir un vicio capital como una fuente de la cual proceden pensamientos, actitudes y acciones que contaminan nuestro actuar, nos alejan de Dios, del prójimo, de nuestro objetivo, y por eso nos impiden alcanzar nuestro verdadero bien.
 
Sobre todo, nos quitan la paz, la alegría y la felicidad.
 
Es pues extremadamente importante saber reconocer en nuestros pensamientos cuáles son los vicios capitales a los cuales estamos más propensos, o más precisamente de los cuales somos esclavos.
 
Es sobre todo fundamental conocer el método para poderlos individuar correctamente, porque son ellos nuestros verdaderos enemigos interiores.
 
El método que os propongo adoptar es muy simple.
 
Tenéis que interrogaros, por cuanto sea posible, sobre el origen de vuestro pensamiento y/o sentimiento, reconduciéndolo a uno de esos pensamientos malvados de los cuales intentaré daros una descripción suficientemente práctica.
 
¿De dónde partir?
 
A lo mejor conviene partir de la soberbia que es la madre de todos los vicios y de todos los pecados.
 
En efecto es ella que, según la Escritura, ha tentado a Adán a pecar.
 
 
LA SOBERBIA
 
 
La soberbia es esencialmente el pensamiento, la convicción de sentirse superior a los demás.
 
O bien, pensar en tener siempre la razón, o que nuestra opinión sea mejor que la de los demás.
 
A menudo no somos conscientes de ser soberbios, simplemente estamos convencidos de que nuestra propia idea es la mejor, que nuestra propia solución es la que resuelve los problemas.
 
De esto, por ejemplo, están convencidos muchos políticos, de lo contrario, no solo serían soberbios, sino también delincuentes.
 
La soberbia tiene muchas formas y muchos grados a través de los cuales se puede manifestar, son famosos los clasificados por San Bernardo.
 
El más alto grado de la soberbia es seguramente el de oponerse a Dios, de no creer en El, en su existencia.
 
Pero, también cuando se cree en Dios, uno puede opinar que Dios no está haciendo lo necesario, que nosotros en su lugar lo haríamos de otra manera, sobre todo por lo que se refiere al destino de nuestra vida.
 
La soberbia se manifiesta de manera muy evidente en el enfrentamiento con los demás.
 
Quien sufre de esta “enfermedad” difícilmente sabe ponerse en tela de juicio, difícilmente sabe escuchar y evaluar atentamente y con disponibilidad la opinión de los demás.
 
Quiere siempre expresar su opinión.
 
Casi nunca acoge con sencillez y convicción cuanto los demás dicen y disponen.
Y esto se manifiesta en todos los ámbitos de la vida: familia, trabajo, amistades.
 
Si queremos conocer el grado de nuestra soberbia, interroguémonos sobre la real capacidad que tenemos:
 
  • de tomar seriamente en consideración las opiniones de los demás;
  • de ser disponibles a escucharlos al fondo;
  • de considerar que cada hombre tiene algo que enseñarnos y que nosotros a menudo caemos en muchos errores.

 

Si luego queremos iniciar el camino de liberación de la soberbia, tenemos que cultivar la virtud de la humildad. de la humildad..
 
  • Empezamos a creer que Dios es siempre y de todas maneras Amor providente;
  • Que su palabra, la palabra de la Biblia, es preferible a nuestra y a la de la cultura dominante.

 

Si luego queremos caminar velozmente en este camino de emancipación del vicio de la soberbia, podemos útilmente llevar a la práctica una sugerencia ofrecida por San Vicente Ferrer:
 
no insistas en tus argumentaciones aunque te parecen mejores que las de los demás; y, en las cosas materiales que no tienen gran importancia, prefieres siempre la opinión de los demás a la tuya.
Me despido de vosotros con esta declaración del Magníficat pronunciada por María que ha sido digna de ser la madre de Jesús:

Dios dispersó a los soberbios de corazón, y enalteció a los humildes.

 
Buen trabajo interior.
 

Fraile Giuseppe Paparone

 

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